domingo, 24 de agosto de 2025

TERCER PERÍODO: TEXTO 1. IMITACIÓN Y ORIGINALIDAD

 3 PERÍODO TEXTO GUÍA I. FILOSOFÍA

 

IMITACION  Y  ORIGINALIDAD

EN LA LITERATURA HISPANOAMERICANA

Culpa el señor Ugarte de falta de originalidad a nuestra literatura de otros tiempos; y aunque reconoce que la

 Imitación persiste y debe forzosamente persistir como fundamento de nuestra actividad literaria, establece una diferencia, fundada en que la imitación era antes lo que él llama “directa” queriendo significar que ceñía dócilmente al modelo, mientras que hoy es lo que llama “aplicada”, en el sentido de que envuelve interpretación, adaptación y relativa originalidad.

   A detengámonos a considerar estos puntos. Es indudable que, dejando aparte superioridades de excepción; el pensamiento hispanoamericano no ha podido ni puede aspirar aun a una autonomía literaria que lo habilite a prescindir de la influencia europea. No siendo literatura una forma vana, ni un entretenimiento de retóricos, si no un órgano de la vida civilizada, solo cabe literatura propia donde colectivamente hay cultura propia, carácter social definido, personalidad nacional constituida y enérgica. La dirección, el magisterio del pensamiento europeo es, pues, condición ineludible de nuestra cultura; y pretende rechazarlo por salvar nuestra originalidad seria como si, para aislarnos de la atmosfera que nos envuelve, nos propusiéramos vivir en el vacio de una maquina neumática. Pero si la independencia y la originalidad literaria americanas no pueden consistir en aplicar a esta influencia el discernimiento, la elección, que clasifique los elementos de ella según su relativa adecuación l ambiente, y rechace lo fundamentalmente inadaptable, y modifique, con arreglo a las condiciones del medio, aquello que deba admitirse y adaptarse. Así, el joven estudiante no debe, ni puede sin desventaja, prescindir del maestro; Pero la enseñanza del maestro no es, para el estudiante capaz de reflexión propia, yugo brutal ni imposición dogmatica, sino sugestión  que excita la virtualidad del pensamiento que la recibe, y estimula, lejos de ahogarlo, el instinto de originalidad.. Concebida de esta manera la posible  autonomía del pensamiento americano fácil es señalar el punto vulnerable de la imitación de lo europeo, tal como se manifiesta en los rumbos que sucesivamente ha seguido nuestra literatura. Se ha imitado sin  discernimiento  ni elección; ha faltado el sentido crítico que encauzase el impulso recibido de afuera, y la imitación ha sido pasividad sonambulica, mas que simpatía consciente y limitada por el vigilante criterio.

Este carácter, o mejor, esta ausencia de carácter, se observa, desde luego, en la  obra de las generaciones que nos han precedido, y en esto acierta la crítica del señor Ugarte. Tomemos como ejemplo la época del romantisismo.Aquella revolución literaria traía consigo un impulso favorable a la germinación de todo elemento de originalidad y de carácter indígena. Propensión congenial al romanticismo fue suscitar en todas partes una reanimación del espíritu de nacionalidad literaria, sustituyendo la abstracta uniformidad del seudoclasicismo con la expresión de la sociedad, La naturaleza y las tradiciones peculiares de cada pueblo. pero si esta tendencia del romanticismo repercutió provechosamente en nuestra América, inspirando los primeros esfuerzo consagrados a fundar una literatura que reflejase las peculiaridades de la naturaleza y las costumbres propias, la imitación romántica estuvo lejos de limitarse, ni a un de aplicarse preferentemente, a esa tarea oportuna. La  imitación se disipo, en gran parte, en otras cosas. Una mitad del romanticismo europeo significaba le  reivindicación de las tradiciones históricas y artísticas anteriores al Renacimiento; y a pesar de que estas tradiciones no podían tener, en los pueblos jóvenes de América, sentido que interesase a la conciencia colectiva, el romanticismo tradicional y arqueológico hallo aquí imitadores, y sugirió poemas caballerescos, drama de trovadores y cruzados, leyendas orientales: evocaciones falsas de recuerdos que no correspondían, en el suelo americano, ni a una piedra ruinosa a un latido del sentimiento popular. Algo semejante cabe decir en lo que se refiere a la otra mitad del espíritu romántico: la subjetiva o byroniana. Los doloridos apasionamientos, las intimas contradicciones, las hondas nostalgias ideales de este género de romanticismos bien tenia, sin duda, un fondo humano que lo hacía capaces de trascender adondequiera que se sintiese y meditase sobre el misterio de las cosas y sobre los problemas de nuestro destino, obedecían, en la propia Europa un convencionalismo o un amaneramiento, debían serlo con doble motivo en sociedades donde el ambiente no daba de sí las razones históricas, del medio y del momento, que concurrían en las sociedades europeas, a explicar a aquella atormentada agitación de los espíritus. Y por lo que respecta al elemento literario formal, a la imitación no fue más atinada. El romanticismo, en cuanto quebranto los moldes de una preceptiva artificial y vetusta; en cuanto favorecía un libre arranque de la inspiración y en canchaba los límites del vocabulario poético, ofrecía, ciertamente, ejemplos y enseñanzas  favorables al florecimiento de una literatura americana diferenciada y eficaz; pero este impulso de reacción contra el dogmatismo retorico tenía en América, más que en ninguna otra parte, peligro y desventajas que no supieron conjurarse, porque halagaban muchas de las propensiones mas funestas y arraigadas de nuestro espíritu: la propensión a la negligencia, al desaliño, a la falsa espontaneidad, a la abundancia viciosa; el desconocimiento o menosprecio de la parte consciente y reflexiva del arte; el crédito de la facilidad repentista; el desamor de ese ideal de perfección, único capaz de engendrar la obra que dura.

Pasó el auge universal de aquella escuela, y sobrevivió al imperio del naturalismo. En lo que tenia de fundamental y amplio, el naturalismo comprendía elementos que, bien asimilados, no hubieran si no podido favorecer en América la manifestación de un espíritu literario original y vigoroso. La tendencia a ceñirse  a la realidad viva y concreta es vía  mas segura para llegar a una originalidad de pueblo y de época, como la de ceñirse  a la expresión sincera y simple de lo que se siente es el más seguro camino para alcanzar la originalidad individual. La  importancia concedida a la representación del mundo objetivo, el predominio literario de la descripción, favorecía una de las aplicaciones del arte de escribir capaces de brindar en América más ricos vinieron de originalidad, como es la pintura y el sentimiento de la naturaleza física. La precisión minuciosa en la reproducción de costumbres y tipos contribuía a revelar el sello local de poema y al novela. La  reivindicación de la pítica virtualidad de la vida contra todo quimérico idealismo, coincidía con la tendencia natural en pueblos jóvenes y testigos de una fecundidad magnifica y potente. La franqueza, y aun la vulgaridad pintoresca, de la expresión, autorizaban a que se diese curso en el lenguaje literario a las peculiaridades del habla regional.

Pero, ni la protesta naturalista se limitaba originalmente a esos elementos para siempre justos y oportunos, ni, tampoco esta vez, la imitación supo proceder en América con libertad y firme criterio. Propendiendo, como sucede en toda imitación servial y fascinada, a violentar las cosas a recargar las tintas, a ir a lo extremo del original y ceder a la impresión  de lo caricaturesco más que de lo característico, nuestros naturalistas tomaron de preferencia en sus modelos lo que, siendo en estos mismo convencional y vicioso; resultaba tanto más falso en América cuanto que se opina a los caracteres que , por recto naturalismo, por directa sugestión de la naturaleza, deben forzosamente prevalecer en toda literatura que brote sin esfuerzo del espíritu de nuestros pueblos. Así el pesimismo agrio, desesperanzado hastiado que, como idea dominante, no tenia natural acomodo en el ambiente de tierras prometidas al porvenir, rebosantes de vida y energía. Así, la predicción por la reproducción artística de lo feo, rasgo de decadencia que carecía de sentido aceptable dentro de una cultura literaria en sus albores. Así, la sensualidad no espontanea, vigorosa y ferviente, si no artificiosa, alambicada y senil; sensusalidad de cálculo antes que de instinto.

Innegable es, pues, el fundamento con que ese califica de falso el concepto o procedimiento de inmediato que guion en anteriores épocas a nuestros escritores.Pero ¿la comparación con lo actual manifiesta una diferencia que autorice a dividir en dos partes la historia de nuestra cultura? ¿Cabe afirmar, como afirma el señor Ugarte, que, a partir de la obra de las generaciones jóvenes, la imitación de lo europeo haya dejado de ser remedo inconsulto y sumiso para trocarse en atinada y consciente adaptación? ¿Imitan nuestros “modernistas” con criterio más cercano de la originalidad de nuestros realistas y nuestros románticos?

Mucho me he extendido ya para entrar al examen de la cuestión que planteo; pero no tengo dificultad en dejar consignada la respuesta que sería el resultado del examen; y ella es que, muy a mi pesar, no alcanzo a percibir la diferencia con la que el señor Ugarte halaga nuestro amor propio colectivo; que no veo que hoy (salvo excepciones individuales que han existido siempre) se imite con mas personalidad y mas conciencia de lo oportuno y adaptable, que cuando se limitaba a los profetas del romanticismo y a los maestros del naturalismo.

En conclusión, esta antología de la nueva literatura americana no está a la altura de su objeto ni de lo que era lícito esperar del colector. Pese al señor Ugarte por encima de esta obra improvisada y precaria, y denos, puesto que es capaz de dárnosla, la verdadera antología americana de nuestro tiempo; la obra de síntesis que serbia de guía fiel a quien formar idea de nuestro espíritu, o la obra de selección donde se congregue lo poco, lo muy poco, que, literalmente, tenemos digno de ser mostrado sin rubor y de asociarse a esperanza y presagios triunfales, de que esta vez me parece el señor Ugarte demasiado prodigo.

 

 

 






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